Microdosis sin laboratorios: el “Estudio abierto” de James Fadiman
Durante décadas, la ciencia psicodélica estuvo en pausa. Mientras los ensayos clínicos volvían tímidamente, James Fadiman empezó a recoger otra clase de evidencia: la de miles de personas que microdosificaban en su vida cotidiana y querían contar qué les pasaba. Sin aprobaciones, grupos control, doble ciego, equipo o financiación, Fadiman lanzó —desde 2010— un protocolo de autoestudio y fue pidiendo informes ordenados sobre qué mejoraba, qué no y con qué efectos. La idea no reemplaza a los ensayos clínicos, pero abrió una puerta: escuchar de forma sistemática a quienes microdosifican y convertir sus relatos en señales para investigar mejor.
Cómo sumar a pacientes y al público en investigación psicodélica: una guía co-diseñada
La investigación con psicodélicos crece a toda velocidad, pero arrastra un viejo problema de la ciencia: se diseña con poca voz de las personas a las que afecta. Un grupo del Imperial College London propuso algo simple y potente: co‑diseñar, junto a colaboradores con experiencia vivida y ciudadanía, una guía práctica para planificar la Patient and Public Involvement (PPI) —investigación con y por pacientes y público, no sólo “para” ellos—. El resultado es un documento operativo, adaptado a los dilemas propios de este campo —estigma, diversidad, herencias culturales, expectativas— y anclado en los UK Standards for Public Involvement. Es una pieza metodológica, sí, pero tiene algo de brújula ética: pone en el centro confianza, propósito, inclusión y aprendizaje.
Hacia un “Aprendizaje psicodélico”: validar con cuidado las revelaciones bajo psicodélicos
Las experiencias con psicodélicos suelen traer una sensación poderosa: lo que aparece se siente verdadero, evidente, casi incontestable. Es lo que en la literatura se llama un tinte noético. Ese brillo puede abrir puertas —dar sentido, aliviar, empujar cambios reales—, pero también puede jugar en contra si tomamos cada imagen o recuerdo como un hecho literal. Un equipo de Imperial College London propone una salida sensata: tratar esas revelaciones como materia prima para aprender, no como verdades absolutas.